sábado, 4 de marzo de 2017

Carta de presentación



A quien le interese:

Me llamo Ana y probablemente mi nombre diga mucho de mí. Es tan simple y directo como yo, tiene algo de dulzura en su composición que a mí me hace adorarlo. Dicen que el nombre siempre marca la personalidad de las personas y, en efecto, dentro de mi simplicidad de persona normal podrás encontrar giros complicados que me hacen alguien diferente.

Mi pelo es oscuro como la noche en la que nací. Allá era por mayo cuando florecí a medianoche, yo siempre tan oportuna, para darle a mis padres una de las mayores alegrías, o eso dicen, que han vivido en toda su vida. Tenía los ojos grises, grandes y profundos, que se tornaron con el paso de los años en verdes como la esperanza, con un haz grisáceo que se extiende por mi iris tan solo en los días de tormenta interior. Mi mirada es nostálgica aunque a veces puede irradiar alegría y es entonces cuando el verde predomina por encima de cualquier otro color.

Tengo una boca risueña aunque mi apariencia sea seria pero tan solo hace falta que te tomes cinco minutos de tu tiempo para descubrir que no soy así. Soy un huracán de palabras, risas y ocurrencias. También un vendaval de sentimientos, fuertes y voraces sentimientos que en mí se multiplican por cien. Puedo ser un mar impetuoso y bravo pero también tranquilo, sereno. Dependo de la luna.
Mi día a día podría resumirse con la imagen de un atardecer en el que mi mayor meta es encontrar ese instante de placidez, ternura y paz que nos pueda hacer afirmar que por ello el día mereció la pena. Tengo un alma frágil que se quiebra con la misma facilidad con la que se reconstruye, aunque me suponga un esfuerzo sobrehumano aparentar que me encuentro en obras por dentro. Tengo una psicología digna de cualquier psicoanálisis y una capacidad sobrenatural para inventar mil y una posibilidades.


Me indignan con frecuencia los momentos desaprovechados, los besos nunca dados y las frases que se quedan en el tintero. Me irrita que la cobardía gane a la valentía y que por miedo o vergüenza no se intente conseguir un objetivo. No aguanto el cinismo, la soberbia ni tampoco la maldad oculta de las personas. La hipocresía me da náuseas y me sube la fiebre con las injusticias. Detesto los "te quiero" baratos comprados por cuatro perras de los que te adoran al segundo día de conocerte. Siento un puñal en el pecho cuando no siento apoyo por alguien por el que me gané enemigos por defenderle. No consigo soportar los cambios de la gente que tan pronto afirman como niegan, ni las personas que no aportan nada más que frases vacías y que carecen de sentimientos. El corazón me da un vuelco con las mentiras, mi cerebro se queda paralizado con la traición; el pulso se me acelera cuando alguien pone palabras en mi boca que jamás he pronunciado. Odio las personas manipulables que, pobres de ellas, carecen de personalidad. También a las que no tienen color en su ser, que son grises y planas y no hacen nada por colorearse la sonrisa. Estoy en contra de cualquier muestra de egoísmo, de avaricia, de envidia y de prepotencia. Nunca entenderé por qué se odia a otras personas por sus cualidades más que por sus defectos. No me gustan las complicaciones y por eso mismo encuentro la felicidad en los pequeños detalles.

Adoro las carreras de las gotas de lluvia sobre el cristal, las flores en primavera, las hojas marrones en otoño. Los atardeceres y los abrazos me erizan el vello, y siento escalofríos cuando alguien me hace sentirme querida. La suavidad e inocencia de los peluches, el primer helado del verano, zambullirme en el agua helada de una piscina en un caluroso día me transportan inmediatamente a mi infancia. Los besos de mi familia me tocan directamente en el alma. Los abrazos de mis amigos me hacen sentir protegida. Pensar en mi querida abuela me reconforta (porque sé que continúa conmigo). La risa me inunda el cuerpo con las tonterías del día a día. Me gusta arroparme hasta arriba con una manta que actúa de coraza contra cualquier adversidad. Pasear por el bosque, contemplar la montaña, dejarme refrescar por la brisa de verano son algunos de mis pasatiempos favoritos. Leer, disfrutar del sol, los acordes de mis canciones favoritas, comer chocolate y los planes improvisados llenan los vacíos existenciales de mi vida.




Gracias por tu tiempo.