martes, 23 de abril de 2019

Feliz día del libro









¡Feliz día del libro!

Por supuesto, podría hablar de esas grandes mujeres y hombres que han llenado mis ratos libres, y no tan libres, con esos grandes amigos que nunca te abandonan: los libros. Y podría tirarme el pisto, aunque sea verdad, hablando de lo que me gusta "Retrato de un hombre inmaduro" de Luis Landero, biblia que descubrí allá por segundo de carrera; o de todos y cada uno de los textos de Miguel Delibes que tanto me llenan el alma. Por no hablar de la poesía, de Miguel Hernández y Gloria Fuertes, por ejemplo, o de "El Principito" de Antoine de Saint-Exupéry que puedes leerlo tanto con ocho años como con ochenta y siempre te hará reflexionar en mayor o menor medida.

Con la edad descubres que muchas cosas pierden la magia que tenían cuando las contemplabas de niño: las historias no te hacen tanta ilusión, las películas de efectos especiales no te sorprenden tanto y has visto tanto horror en las noticias y en tu día a día que cuesta volver a creer en lo bonito que es sonreír y reír por tonterías como cuando eras pequeño.

Pero hoy he venido aquí a hablar de MI LIBRO: sí. Allá por nuestra infancia, la infancia de los niños de los 90, el mundo se dividía en dos grupos amantes de los dos chicos con gafas: uno internacional y mágico, Harry Potter, y uno de pata negra y tan real y mágico como la vida misma: Manolito Gafotas. Bueno, en realidad también podían gustarte los dos, lógicamente. Pero lo que estaba claro es que los libros estaban más a la orden del día en las vidas de los niños de antes que en las de los de ahora (total, el móvil mola más, ¿no?).

Volvamos a mi historia. ¿De quién era yo y de quién continúo siendo? ¡Del equipo de Manolito Gafotas, por supuesto! Aunque intentara también ser amiga de nuestro mago inglés, no conseguí acercarme a esa realidad mágica, muy a mi pesar, porque siempre he preferido aquello que parecía estar viviéndolo yo, aquello que es tan real y ta creíble que te hace ser el protagonista de la historia. Y este es el caso de mi Super Manolito.
Recuerdo con ilusión que me regalaron por mi octavo cumpleaños "Pobre Manolito", el segundo libro de la colección. Ya en verano, una tarde aburrida de julio, se me ocurrió echarle un vistazo porque todavía no me había dignado a leerlo. No sé cómo agradecerle a esa tarde tan aburrida que así lo fuera para poder darme las ganas de abrir ese maravilloso libro que me bebí tan ricamente mientras el pelo se me movía gracias al ventilador.

Desde ahí, fue un no parar. Deseaba con ganas que me regalaran los restantes libros en todos los cumpleaños de mi vida (es que antes no tenía dinero propio para andar comprándome libros así porque sí). Pero llegaron las navidades y mis abuelos me dieron dinero para comprarme lo que quisiera (sí, es que con ocho años ya sabía la verdad verdadera de los padres y la Navidad). Fuimos al Carrefour y allí estaba: sin preverlo, apareció ante mí el fabuloso tomo TODO MANOLITO en el que se incluyen los primeros cinco libros de Manolito Gafotas. Creí que me iba a dar algo. Y ese fue mi super regalo de Navidad que, nada más subir al coche de vuelta a casa, empecé a devorar leyendo en alto el primer capítulo con mi madre, las dos partidas de risa. Todas las noches antes de ir a dormir me leía todos los capítulos que podía y tenían que venir a recordarme que tenía que dormirme ya. "¡Qué rollo repollo!"

Después de este, me regalaron "Manolito tiene un secreto", y una vez terminado, acabó. Jo, qué pena que esa aventura con Manolito terminara. Después de años esperando, en 2012, Elvira Lindo publicó "Mejor Manolo" y cuando cumplí 21 años mis padres decidieron que qué mejor regalo que este libro.

Después de leer esto pensaréis que soy un poco infantil, un poco tonta por alabar estos libros o que vaya gustos tengo. Pues vale. Me encantaría ir a una firma de libros en la que Elvira Lindo me viera cargada de todos los libros de Manolito, porque, sinceramente, me parece alucinante como texto y como imagen y representación de la España de los 90. Pero de lo que venía a hablar aquí, a parte de hablar de MI (querido) LIBRO, es de que un libro puede ser un gran mar de aventuras, y que pueden ser amigos que pueden tener nombre y también apellidos (en mi caso Manolito García Moreno) que fue y continúa siendo mi mejor amigo de papel, que "mola un pegotazo" en este "mundo mundial" como

jueves, 21 de marzo de 2019

Día de la Poesía

DÍA DE LA POESÍA


¿Qué es poesía? No sé, ¿métrica? ¿rimas? ¿palabras sin sentido? ¿sentimientos?
¡Qué pregunta tan teórica! La poesía es rica, es arte, es belleza y alma. Es en ocasiones hermética, y otras cálida. A veces incomprensible, otras realmente directa. Es la eterna amada u odiada, sobre todo por los estudiantes de instituto y no muy apreciada por el público amante, únicamente, de los bestsellers. Pero, ¿qué dice este tío? ¿Para qué tantas palabras para decir "te quiero" o "me has roto el corazón"?
La poesía simplemente te llega o se atasca en el camino, se queda en el aire o en nuestro corazón. Aprenderemos un poema que nunca olvidaremos o borraremos de nuestra memoria para siempre quién fue Jorge Manrique, Garcilaso, García Lorca, J. R. J., Gloria Fuertes, Gabriela Mistral, Miguel Hernández, Pilar Galán, Pedro Salinas, Ada Salas, Rimbaud, Irene Sánchez Carrón, Baudelaire, Rubén Darío o incluso Bécquer, el eterno enamorado y muchas y muchos más.
La poesía es canción, es biografía, es diálogo con uno mismo, conversación con lectores de diferentes siglos, es un discurso propio o de una generación, es incansable figura retórica en sí misma. Es rima, es verso, es amor, es desamor, es tristeza y cordura, locura y obsesión. Es, seguramente, "un arma cargada de futuro", es en ocasiones "pura, irreductible", otras artificiosa, barroca. Es símbolo de una época, es caricatura, tinieblas, claridad y realidad devastadora. O simplemente, ¿qué es poesía? "Y tú me lo preguntas... poesía eres tú".
Por muchos más siglos acompañándonos: ¡FELIZ DÍA DE LA POESÍA!

sábado, 18 de agosto de 2018

Cómo superar miedos y mis rarezas


Hoy he vuelto a sentir el deseo irrefrenable de escribir unas líneas, o quizás unos párrafos. No lo sé todavía. Quizás lo que hoy escriba lo esté improvisando, o tal vez sea algo que tengo pensado desde hace tiempo y no he sido capaz de plasmarlo.

Llevo un tiempo un poco descolocada, seguramente porque la llegada a la edad adulta me está resultando chocante. Trabajar, tener vacaciones que no coinciden con las del resto de seres queridos, papeleos, incertidumbres, actualizaciones de cartilla y demás historias (para no dormir).
Desde pequeña nunca quise ser mayor. Un síndrome de Peter Pan, decían. El caso es que cada año que cumplía no paraba de decirme “este es mi año, me quedaría siempre con esta edad”. Qué poca lógica, ¿no? Desde luego. No soy alguien que entienda las cosas como el resto de la gente ni que las explique sin darle ese toque inocente que a veces roza la tontería (por no llamarme tonta directamente), y todo lo aclaro con un “me entendéis , ¿verdad?”

Volvamos al paso del tiempo y esas cosas que me rondan la cabeza. Desde siempre he tenido un miedo máximo, el miedo invencible, aquel que no se puede superar. Creo que los que me conozcáis sabréis de sobra a qué me refiero: miedo a que todo se acabe, a que deje de existir. En palabras más claras: miedo a la muerte. Es duro, de verdad, afrontar tal miedo. Y diréis que vaya tontería porque nadie se libra de morirse, haría mucho mejor en intentar superarlo porque, espero que más tarde que temprano, tendré que enfrentarme a él.

Por eso cuando alguien tiene miedo a un animal, o a la oscuridad o a las alturas, les intento comprender, pero pido, sobre todo, que entiendan que a mí no me pueda dar miedo tal cosa. Creo que por eso soy tan, demasiado, prudente.

Pero no he venido aquí a hablar de lo mal que se pasa cuando tu miedo no tiene cura. He venido a compartir que gracias a ello me he dado cuenta de que cada momento hay que vivirlo como si fuera el último y que la felicidad está ahí y no hay que buscarla. Hay que toparse con pequeños retazos de felicidad que puedan hacerte ver que cada día merece la pena.

Después de muchos años, y de una temporada un poco turbulenta en algunos aspectos, que ahora veo como tonterías, me he propuesto un ejercicio de reflexión. Cada día quiero quedarme con algo, por ínfimo que sea, que me haya hecho sentir feliz: un chiste mal contado, una comida rica de mamá, un “te quiero muchísimo” de mi chico, un “tengo ganas de verte”, un abrazo con alguien al que hacía tiempo que no veías, una nube rosa en el atardecer, un fragmento de un libro que te ha impactado, unas tostadas en un bar para desayunar, una tormenta de agosto.

No sé, quizás suene estúpido pero creo que muchas veces nos aferramos a creernos infelices cuando realmente tenemos al menos cinco razones por las que sentirnos plenos:

1. Salud
2. Amor (una familia que te quiere, pareja, unos cuantos amigos de verdad)
3. Tiempo para hacer lo que nos gusta (aunque sea escaso)
4. Tener claras tus prioridades
5. Quererte a ti mismo


Pongo esta al final no porque sea menos importante, sino porque, aunque creáis que no tiene mucho sentido con el inicio del texto (probablemente; ya he dicho que tengo una peculiar manera de relacionar las cosas), “quererse a sí mismo” es una máxima que todos deberíamos cumplir para sentir que nuestra vida ha merecido la pena. Yo, personalmente, algunos días me quiero un poco, y la mayoría de ellos me odio. ¿Por qué? Porque a lo largo de mi vida las circunstancias han hecho que me sienta como que estorbo o como que las cosas no me suelen salir bien. Y sobre todo, cuando todo empieza a ir fenomenal, cuando de verdad eres feliz, puede que vengan uno o dos batacazos que hacen que te des de bruces con el suelo. No puedo explicar esa sensación, solo digo que no se la deseo ni a mi peor enemiga.

Entonces, en momentos así, te das cuenta de tus debilidades, de tus flaquezas, de tus miedos, de las inseguridades que tienes y todo eso te hace quererte menos. Y aquí entran los episodios de ansiedad, de crisis, de agobios y de frustraciones. Tus miedos sin cura vuelven a surgir, ves que pasa el tiempo, que estas preocupaciones no las tenías antes, que eres mayor, que la gente va a su rollo, que tú sientes que no vales nada por bien que intentes hacer las cosas. Y te ahogas, te asfixias, te anulas tú mismo/a. Y piensas que estás en un pozo y que no sales, que no te tiran una cuerda para ayudarte a sacarte porque te aferras tanto a lo mal que lo estás pasando que no te das cuenta de las cosas buenas que realmente están pasando a tu alrededor. Y entonces te sientes egoísta. Porque en realidad hay una cola de personas, no muchas pero esenciales, que están ahí tramando individualmente cómo salvarte. Porque hay gente que no para de animarte, hay personas importantes que se preocupan por ti y tú solo te estás fijando en las que no lo hacen. Pero en lo más profundo de tu ser sabes que ese pozo es de mentira, que tú te has empeñado en meterte tirándote de cabeza y que tu verdadera vida está fuera de él con toda la gente que te apoya, que te quiere y que haría lo que fuera por ti.

Es posible que hagan falta estas minucias de la vida para que te des cuenta de todo lo que tienes y de todo lo que debes seguir conservando. Y sobre todo, al igual que en mi vida hubo gente que me hizo sentir menos, siempre hay más gente que te quiere hacer sentir más.

Por eso, tras darle ochenta vueltas al asunto, hoy me atrevo a escribirlo. No quiero pasar malas rachas, que aunque sean necesarias, deseo atravesarlas lo mejor posible.

Me he propuesto algo: ganar confianza conmigo misma, reconciliarme y quererme un poco más cada día que pase para poder afirmar "hoy es mi día" como cada año me afirmo que va a ser mi año. Con mi compañía, cercana o lejana, de buena gente que me aporta muchísimo y que me hace quererme aunque ellos no lo sepan.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Y tú, ¿por qué escribes?

“¿Cómo eres capaz de escribir algo así?”, me han preguntado varias veces, y nunca sé qué decir. “¿Es admiración? ¿Incertidumbre? ¿Qué sientes cuando lees lo que escribo?”, me gustaría responder preguntando.

Nadie imagina, a no ser que lo experimente, el trasiego de ideas que merodean por la cabeza del que se atreve a escribir. Si me ocurre a mí que soy amateur en la materia, no quiero ni pensar los insomnios de aquel que se gana la vida con ello. Cuántas obsesiones y manías conlleva el hecho de coger papel y bolígrafo, pluma o lápiz y comenzar, dar nacimiento a algo que hace dos instantes no existía. Ya eres dueño/a y señor(a) de aquello que te has empeñado en crear, con todas sus consecuencias. Y, ¿por qué? En mi caso, nunca lo sé a ciencia cierta. Quizás me mueva algo más fuerte que la inspiración. Posiblemente mis sentimientos, o el momento. O el lugar, o una persona. De cualquier manera, una vez que empiezo no puedo parar. Como me ocurre ahora mismo, en esta tarde de noviembre en la que cogí un cuaderno con la misión de escribir algo relacionado con las oposiciones y que he olvidado de qué se trataba. Así soy yo: con tal de no hacer lo que tengo que hacer, me sumerjo en este remolino de letras, puntos y espacios.

No hay huracán más fuerte que el de mi mano cuando se posa en la página en blanco, arrasando a su paso con cada milímetro de celulosa. Como si fuera un lienzo, en ocasiones surrealista, otras impresionista o realmente realista, garabateo; trazo palabras que fluyen como un río. Si mecanografío, parece que tocara un piano, tecleando alguna melodía, armoniosa o descompasada, de la que ni yo misma estoy segura, debido a ese gusto mío por improvisar.

Este mar de palabras que mi mano provoca es incansable. Puede ser plácido y apaciguar al lector, o bravo y trastocarlo. ¡Qué poder tiene la palabra sobre mí! No recuerdo cuándo me  di cuenta de que me poseía esta afición, algunos dicen que don, por la escritura.

Seguro en ello tienen que ver mis largas tardes de lectora voraz, mi imaginación desbordante y mis sentimientos a flor de piel. Tal vez el aburrimiento o la cobardía me hayan empujado más de una vez para empezar a escribir con el fin de decir con trazos lo que mi voz no se atreve a pronunciar porque se quiebra o, directamente, se rompe. O por el mero hecho de disfrutar de este juego que es el de expresarte a tu antojo sin necesidad de que nadie lo sepa.

En definitiva, el hecho de escribir me califica, me define en cierto modo. Y lo que escribo no me condiciona. Escribir me hace libre, como decía Miguel Hernández, “me pone alas/ soledades me quita”, y en ocasiones, me ha arrancado aquella cárcel que era mi hermetismo disimulado.


¿He respondido a tu pregunta? Porque si no es así, podría seguir escribiendo hasta que acabaran los días.