“¿Cómo eres capaz de escribir
algo así?”, me han preguntado varias veces, y nunca sé qué decir. “¿Es
admiración? ¿Incertidumbre? ¿Qué sientes cuando lees lo que escribo?”, me
gustaría responder preguntando.
Nadie imagina, a no ser que lo
experimente, el trasiego de ideas que
merodean por la cabeza del que se atreve a escribir. Si me ocurre a mí que soy
amateur en la materia, no quiero ni pensar los insomnios de aquel que se gana
la vida con ello. Cuántas obsesiones y manías conlleva el hecho de coger papel
y bolígrafo, pluma o lápiz y comenzar, dar nacimiento a algo que hace dos
instantes no existía. Ya eres dueño/a y señor(a) de aquello que te has empeñado
en crear, con todas sus consecuencias. Y, ¿por qué? En mi caso, nunca lo sé a
ciencia cierta. Quizás me mueva algo más fuerte que la inspiración.
Posiblemente mis sentimientos, o el momento. O el lugar, o una persona. De cualquier
manera, una vez que empiezo no puedo parar. Como me ocurre ahora mismo, en esta
tarde de noviembre en la que cogí un cuaderno con la misión de escribir algo
relacionado con las oposiciones y que he olvidado de qué se trataba. Así soy
yo: con tal de no hacer lo que tengo que hacer, me sumerjo en este remolino de
letras, puntos y espacios.
No hay huracán más fuerte que el
de mi mano cuando se posa en la página en blanco, arrasando a su paso con cada
milímetro de celulosa. Como si fuera un lienzo, en ocasiones surrealista, otras
impresionista o realmente realista, garabateo; trazo palabras que fluyen como
un río. Si mecanografío, parece que tocara un piano, tecleando alguna melodía,
armoniosa o descompasada, de la que ni yo misma estoy segura, debido a ese
gusto mío por improvisar.
Este mar de palabras que mi mano
provoca es incansable. Puede ser plácido y apaciguar al lector, o bravo y
trastocarlo. ¡Qué poder tiene la palabra sobre mí! No recuerdo cuándo me di cuenta de que me poseía esta afición,
algunos dicen que don, por la escritura.
Seguro en ello tienen que ver mis
largas tardes de lectora voraz, mi imaginación desbordante y mis sentimientos a
flor de piel. Tal vez el aburrimiento o la cobardía me hayan empujado más de
una vez para empezar a escribir con el fin de decir con trazos lo que mi voz no
se atreve a pronunciar porque se quiebra o, directamente, se rompe. O por el
mero hecho de disfrutar de este juego que es el de expresarte a tu antojo sin
necesidad de que nadie lo sepa.
En definitiva, el hecho de escribir
me califica, me define en cierto modo. Y lo que escribo no me condiciona.
Escribir me hace libre, como decía Miguel Hernández, “me pone alas/ soledades
me quita”, y en ocasiones, me ha arrancado aquella cárcel que era mi hermetismo
disimulado.
¿He respondido a tu pregunta?
Porque si no es así, podría seguir escribiendo hasta que acabaran los días.
