viernes, 10 de noviembre de 2017

Y tú, ¿por qué escribes?

“¿Cómo eres capaz de escribir algo así?”, me han preguntado varias veces, y nunca sé qué decir. “¿Es admiración? ¿Incertidumbre? ¿Qué sientes cuando lees lo que escribo?”, me gustaría responder preguntando.

Nadie imagina, a no ser que lo experimente, el trasiego de ideas que merodean por la cabeza del que se atreve a escribir. Si me ocurre a mí que soy amateur en la materia, no quiero ni pensar los insomnios de aquel que se gana la vida con ello. Cuántas obsesiones y manías conlleva el hecho de coger papel y bolígrafo, pluma o lápiz y comenzar, dar nacimiento a algo que hace dos instantes no existía. Ya eres dueño/a y señor(a) de aquello que te has empeñado en crear, con todas sus consecuencias. Y, ¿por qué? En mi caso, nunca lo sé a ciencia cierta. Quizás me mueva algo más fuerte que la inspiración. Posiblemente mis sentimientos, o el momento. O el lugar, o una persona. De cualquier manera, una vez que empiezo no puedo parar. Como me ocurre ahora mismo, en esta tarde de noviembre en la que cogí un cuaderno con la misión de escribir algo relacionado con las oposiciones y que he olvidado de qué se trataba. Así soy yo: con tal de no hacer lo que tengo que hacer, me sumerjo en este remolino de letras, puntos y espacios.

No hay huracán más fuerte que el de mi mano cuando se posa en la página en blanco, arrasando a su paso con cada milímetro de celulosa. Como si fuera un lienzo, en ocasiones surrealista, otras impresionista o realmente realista, garabateo; trazo palabras que fluyen como un río. Si mecanografío, parece que tocara un piano, tecleando alguna melodía, armoniosa o descompasada, de la que ni yo misma estoy segura, debido a ese gusto mío por improvisar.

Este mar de palabras que mi mano provoca es incansable. Puede ser plácido y apaciguar al lector, o bravo y trastocarlo. ¡Qué poder tiene la palabra sobre mí! No recuerdo cuándo me  di cuenta de que me poseía esta afición, algunos dicen que don, por la escritura.

Seguro en ello tienen que ver mis largas tardes de lectora voraz, mi imaginación desbordante y mis sentimientos a flor de piel. Tal vez el aburrimiento o la cobardía me hayan empujado más de una vez para empezar a escribir con el fin de decir con trazos lo que mi voz no se atreve a pronunciar porque se quiebra o, directamente, se rompe. O por el mero hecho de disfrutar de este juego que es el de expresarte a tu antojo sin necesidad de que nadie lo sepa.

En definitiva, el hecho de escribir me califica, me define en cierto modo. Y lo que escribo no me condiciona. Escribir me hace libre, como decía Miguel Hernández, “me pone alas/ soledades me quita”, y en ocasiones, me ha arrancado aquella cárcel que era mi hermetismo disimulado.


¿He respondido a tu pregunta? Porque si no es así, podría seguir escribiendo hasta que acabaran los días.

No hay comentarios:

Publicar un comentario