Hoy he vuelto a sentir el deseo
irrefrenable de escribir unas líneas, o quizás unos párrafos. No lo sé todavía.
Quizás lo que hoy escriba lo esté improvisando, o tal vez sea algo que tengo
pensado desde hace tiempo y no he sido capaz de plasmarlo.
Llevo un tiempo un poco
descolocada, seguramente porque la llegada a la edad adulta me está resultando
chocante. Trabajar, tener vacaciones que no coinciden con las del resto de
seres queridos, papeleos, incertidumbres, actualizaciones de cartilla y demás
historias (para no dormir).
Desde pequeña nunca quise ser
mayor. Un síndrome de Peter Pan, decían. El caso es que cada año que cumplía no
paraba de decirme “este es mi año, me quedaría siempre con esta edad”. Qué poca
lógica, ¿no? Desde luego. No soy alguien que entienda las cosas como el resto
de la gente ni que las explique sin darle ese toque inocente que a veces roza
la tontería (por no llamarme tonta directamente), y todo lo aclaro con un “me entendéis
, ¿verdad?”
Volvamos al paso del tiempo y
esas cosas que me rondan la cabeza. Desde siempre he tenido un miedo máximo, el
miedo invencible, aquel que no se puede superar. Creo que los que me conozcáis sabréis
de sobra a qué me refiero: miedo a que todo se acabe, a que deje de existir. En
palabras más claras: miedo a la muerte. Es duro, de verdad, afrontar tal miedo.
Y diréis que vaya tontería porque nadie se libra de morirse, haría mucho mejor
en intentar superarlo porque, espero que más tarde que temprano, tendré que
enfrentarme a él.
Por eso cuando alguien tiene
miedo a un animal, o a la oscuridad o a las alturas, les intento comprender,
pero pido, sobre todo, que entiendan que a mí no me pueda dar miedo tal cosa.
Creo que por eso soy tan, demasiado, prudente.
Pero no he venido aquí a hablar
de lo mal que se pasa cuando tu miedo no tiene cura. He venido a compartir que
gracias a ello me he dado cuenta de que cada momento hay que vivirlo como si
fuera el último y que la felicidad está ahí y no hay que buscarla. Hay que
toparse con pequeños retazos de felicidad que puedan hacerte ver que cada día
merece la pena.
Después de muchos años, y de una
temporada un poco turbulenta en algunos aspectos, que ahora veo como tonterías,
me he propuesto un ejercicio de reflexión. Cada día quiero quedarme con algo,
por ínfimo que sea, que me haya hecho sentir feliz: un chiste mal contado, una
comida rica de mamá, un “te quiero muchísimo” de mi chico, un “tengo ganas de
verte”, un abrazo con alguien al que hacía tiempo que no veías, una nube rosa
en el atardecer, un fragmento de un libro que te ha impactado, unas tostadas en
un bar para desayunar, una tormenta de agosto.
No sé, quizás suene estúpido pero
creo que muchas veces nos aferramos a creernos infelices cuando realmente
tenemos al menos cinco razones por las que sentirnos plenos:
1. Salud
2. Amor (una familia que te
quiere, pareja, unos cuantos amigos de verdad)
3. Tiempo para hacer lo que nos
gusta (aunque sea escaso)
4. Tener claras tus prioridades
5. Quererte a ti mismo
Pongo esta al final no porque sea
menos importante, sino porque, aunque creáis que no tiene mucho sentido con el
inicio del texto (probablemente; ya he dicho que tengo una peculiar manera de
relacionar las cosas), “quererse a sí mismo” es una máxima que todos deberíamos
cumplir para sentir que nuestra vida ha merecido la pena. Yo, personalmente,
algunos días me quiero un poco, y la mayoría de ellos me odio. ¿Por qué? Porque
a lo largo de mi vida las circunstancias han hecho que me sienta como que
estorbo o como que las cosas no me suelen salir bien. Y sobre todo, cuando todo
empieza a ir fenomenal, cuando de verdad eres feliz, puede que vengan uno o dos
batacazos que hacen que te des de bruces con el suelo. No puedo explicar esa
sensación, solo digo que no se la deseo ni a mi peor enemiga.
Entonces, en momentos así, te das
cuenta de tus debilidades, de tus flaquezas, de tus miedos, de las
inseguridades que tienes y todo eso te hace quererte menos. Y aquí entran los
episodios de ansiedad, de crisis, de agobios y de frustraciones. Tus miedos sin
cura vuelven a surgir, ves que pasa el tiempo, que estas preocupaciones no las
tenías antes, que eres mayor, que la gente va a su rollo, que tú sientes que no
vales nada por bien que intentes hacer las cosas. Y te ahogas, te asfixias, te
anulas tú mismo/a. Y piensas que estás en un pozo y que no sales, que no te
tiran una cuerda para ayudarte a sacarte porque te aferras tanto a lo mal que
lo estás pasando que no te das cuenta de las cosas buenas que realmente están
pasando a tu alrededor. Y entonces te sientes egoísta. Porque en realidad hay
una cola de personas, no muchas pero esenciales, que están ahí tramando
individualmente cómo salvarte. Porque hay gente que no para de animarte, hay
personas importantes que se preocupan por ti y tú solo te estás fijando en las
que no lo hacen. Pero en lo más profundo de tu ser sabes que ese pozo es de
mentira, que tú te has empeñado en meterte tirándote de cabeza y que tu
verdadera vida está fuera de él con toda la gente que te apoya, que te quiere y
que haría lo que fuera por ti.
Es posible que hagan falta estas
minucias de la vida para que te des cuenta de todo lo que tienes y de todo lo
que debes seguir conservando. Y sobre todo, al igual que en mi vida hubo gente
que me hizo sentir menos, siempre hay más gente que te quiere hacer sentir más.
Por eso, tras darle ochenta
vueltas al asunto, hoy me atrevo a escribirlo. No quiero pasar malas rachas, que
aunque sean necesarias, deseo atravesarlas lo mejor posible.
Me he propuesto algo: ganar confianza conmigo misma, reconciliarme y quererme un poco más cada día que pase para poder afirmar "hoy es mi día" como cada año me afirmo que va a ser mi año. Con mi compañía,
cercana o lejana, de buena gente que me aporta muchísimo y que me hace quererme
aunque ellos no lo sepan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario