sábado, 18 de agosto de 2018

Cómo superar miedos y mis rarezas


Hoy he vuelto a sentir el deseo irrefrenable de escribir unas líneas, o quizás unos párrafos. No lo sé todavía. Quizás lo que hoy escriba lo esté improvisando, o tal vez sea algo que tengo pensado desde hace tiempo y no he sido capaz de plasmarlo.

Llevo un tiempo un poco descolocada, seguramente porque la llegada a la edad adulta me está resultando chocante. Trabajar, tener vacaciones que no coinciden con las del resto de seres queridos, papeleos, incertidumbres, actualizaciones de cartilla y demás historias (para no dormir).
Desde pequeña nunca quise ser mayor. Un síndrome de Peter Pan, decían. El caso es que cada año que cumplía no paraba de decirme “este es mi año, me quedaría siempre con esta edad”. Qué poca lógica, ¿no? Desde luego. No soy alguien que entienda las cosas como el resto de la gente ni que las explique sin darle ese toque inocente que a veces roza la tontería (por no llamarme tonta directamente), y todo lo aclaro con un “me entendéis , ¿verdad?”

Volvamos al paso del tiempo y esas cosas que me rondan la cabeza. Desde siempre he tenido un miedo máximo, el miedo invencible, aquel que no se puede superar. Creo que los que me conozcáis sabréis de sobra a qué me refiero: miedo a que todo se acabe, a que deje de existir. En palabras más claras: miedo a la muerte. Es duro, de verdad, afrontar tal miedo. Y diréis que vaya tontería porque nadie se libra de morirse, haría mucho mejor en intentar superarlo porque, espero que más tarde que temprano, tendré que enfrentarme a él.

Por eso cuando alguien tiene miedo a un animal, o a la oscuridad o a las alturas, les intento comprender, pero pido, sobre todo, que entiendan que a mí no me pueda dar miedo tal cosa. Creo que por eso soy tan, demasiado, prudente.

Pero no he venido aquí a hablar de lo mal que se pasa cuando tu miedo no tiene cura. He venido a compartir que gracias a ello me he dado cuenta de que cada momento hay que vivirlo como si fuera el último y que la felicidad está ahí y no hay que buscarla. Hay que toparse con pequeños retazos de felicidad que puedan hacerte ver que cada día merece la pena.

Después de muchos años, y de una temporada un poco turbulenta en algunos aspectos, que ahora veo como tonterías, me he propuesto un ejercicio de reflexión. Cada día quiero quedarme con algo, por ínfimo que sea, que me haya hecho sentir feliz: un chiste mal contado, una comida rica de mamá, un “te quiero muchísimo” de mi chico, un “tengo ganas de verte”, un abrazo con alguien al que hacía tiempo que no veías, una nube rosa en el atardecer, un fragmento de un libro que te ha impactado, unas tostadas en un bar para desayunar, una tormenta de agosto.

No sé, quizás suene estúpido pero creo que muchas veces nos aferramos a creernos infelices cuando realmente tenemos al menos cinco razones por las que sentirnos plenos:

1. Salud
2. Amor (una familia que te quiere, pareja, unos cuantos amigos de verdad)
3. Tiempo para hacer lo que nos gusta (aunque sea escaso)
4. Tener claras tus prioridades
5. Quererte a ti mismo


Pongo esta al final no porque sea menos importante, sino porque, aunque creáis que no tiene mucho sentido con el inicio del texto (probablemente; ya he dicho que tengo una peculiar manera de relacionar las cosas), “quererse a sí mismo” es una máxima que todos deberíamos cumplir para sentir que nuestra vida ha merecido la pena. Yo, personalmente, algunos días me quiero un poco, y la mayoría de ellos me odio. ¿Por qué? Porque a lo largo de mi vida las circunstancias han hecho que me sienta como que estorbo o como que las cosas no me suelen salir bien. Y sobre todo, cuando todo empieza a ir fenomenal, cuando de verdad eres feliz, puede que vengan uno o dos batacazos que hacen que te des de bruces con el suelo. No puedo explicar esa sensación, solo digo que no se la deseo ni a mi peor enemiga.

Entonces, en momentos así, te das cuenta de tus debilidades, de tus flaquezas, de tus miedos, de las inseguridades que tienes y todo eso te hace quererte menos. Y aquí entran los episodios de ansiedad, de crisis, de agobios y de frustraciones. Tus miedos sin cura vuelven a surgir, ves que pasa el tiempo, que estas preocupaciones no las tenías antes, que eres mayor, que la gente va a su rollo, que tú sientes que no vales nada por bien que intentes hacer las cosas. Y te ahogas, te asfixias, te anulas tú mismo/a. Y piensas que estás en un pozo y que no sales, que no te tiran una cuerda para ayudarte a sacarte porque te aferras tanto a lo mal que lo estás pasando que no te das cuenta de las cosas buenas que realmente están pasando a tu alrededor. Y entonces te sientes egoísta. Porque en realidad hay una cola de personas, no muchas pero esenciales, que están ahí tramando individualmente cómo salvarte. Porque hay gente que no para de animarte, hay personas importantes que se preocupan por ti y tú solo te estás fijando en las que no lo hacen. Pero en lo más profundo de tu ser sabes que ese pozo es de mentira, que tú te has empeñado en meterte tirándote de cabeza y que tu verdadera vida está fuera de él con toda la gente que te apoya, que te quiere y que haría lo que fuera por ti.

Es posible que hagan falta estas minucias de la vida para que te des cuenta de todo lo que tienes y de todo lo que debes seguir conservando. Y sobre todo, al igual que en mi vida hubo gente que me hizo sentir menos, siempre hay más gente que te quiere hacer sentir más.

Por eso, tras darle ochenta vueltas al asunto, hoy me atrevo a escribirlo. No quiero pasar malas rachas, que aunque sean necesarias, deseo atravesarlas lo mejor posible.

Me he propuesto algo: ganar confianza conmigo misma, reconciliarme y quererme un poco más cada día que pase para poder afirmar "hoy es mi día" como cada año me afirmo que va a ser mi año. Con mi compañía, cercana o lejana, de buena gente que me aporta muchísimo y que me hace quererme aunque ellos no lo sepan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario